lunes, 8 de febrero de 2016

LA PROCESIÓN DEL MARTES DE CARNAVAL

José Manuel Aponte

I

Frente al espacioso cementerio de San Bernardo, en los
extramuros de Potosí, rodeado de inmensos muladares petrificados,
a cuyas faldas corren en todas direcciones los renombrados
perfumes de Barcelona, se alza modestamente el pequeño Templo
de Jerusalen, sobre cuyas paredes se ostentan enormes cuadros,
pintados en los buenos tiempos de aquella ciudad y cuando había
plata para todo.

Llaman particularmente la atención el diminuto púlpito de madera,
esculpido y sobre dorado; y el retablo del áltar mayor originalmente
dorado. Lo demás, revela una pobreza franciscana; como que hoy,
Jerusalen es la antesala del Panteon, pues allí se deposita los
muertos, para trasladarlos al día siguiente a San Bernardo, del cual
sólo una calle los separa.

Venérase actualmente en Jerusalen una pequeña imagen de N.
S. de Candelaria, de la que refiere Martínez y Vela, que le ayudaba a
rezar el rosario al virtuoso y de feliz memoria Padre domínico Vicente
Bernedo, cuando a la hora de acostarse, entraba al Templo y se
arrodillaba en el altar mayor. Así debió ser, por que el Padre Bernedo
murió en olor de santidad y aun se organizó expediente para su
beatificación, habiendo naufragado el buque en que iba el
expediente.-Las cenizas de aquel sacerdote modelo, reposan dentro
del Templo de San Bernardo, en un nicho, de los altares laterales.

Por lo que hace a la Imagen, cuéntase de ella varios milagros; y
nada menos que debió ser un si es no es metida en política, de
donde le provino la popularidad da que goza y los honores y
atenciones que le prodigan cada año, precisamente el martes de
carnaval.

II

Como las minas atraían a Potosí centenares de inmigrantes, ávidos
de fortuna y poco escrupulosos, pronto se formaron grandes
partidos, que se declararon un odio implacable y exterminador;
sobresaliendo por su número y su audacia los vascongados y los
extremeños, que aportaban de España trayendo sus rencores; pues
la madre patria, acababa de salir del yugo de los moros y se trataba
de reunir en la cabeza de los reyes de Castila, la corona de los
pequeños reyezuelos de la Península y fundar la nacionalidad
española.-Los partidos políticos de allí, perseguidos acaso por los del
Santo Oficio, liaban las maletas y se embarcaban para América, en
busca de oro y plata y diamantes.

De las tremendas peleonas que con frecuencia se daban ambos
bandos en calles y plazas, nació un tercer partido, los vicuñas, tan temible
como los otros; pero quizás más simpático para nosotros, por
que como criollos, constituían el gérmen que había de producir dos
siglos más tarde el ejército patriota.

Los criollos llevaban como insignia para reconocerse un sombrero
color vicuña, emblema tomado del precioso animal, de rápida
carrera, que habita en las altas mesetas de los Andes.
Con la presencia de este nuevo partido en el campo de combate,
la cosa se puso en punto de caramelo: por que donde se
encontraban, solos o acompañados, la emprendían a puñalada seca
y corte recio, no cediendo hasta que algunos caían muertos y los
demás ponían los pies en polvorosa.

Fuera de las escaramuzas y combates parciales, cada año se daban
entre ellos, grandes batallas, ya fuese con motivo de celebrarse
algun alferazgo, o el aniversario de los reyes de España o con
cualquier ocasión, pues lo que importaba era echar a perder la fiesta
y arremeter al Gobernador y a todas las autoridades, cuando eran del
bando opuesto.

Cansado sería referir aquí las tremendas bolinas que se armaron
en más de tres siglos; y bastará para nuestro objeto y solaz del lector
recordar una de las mejores, o digo de las peores, por que de sólo
pensarlo, se les crisparán los nervios hasta a los cajistas de la
imprenta.

(“NUESTRA SEÑORA DE JERUSALÉM. César A. Catalán. Potosí.)


III

Cosa muy sabida fué, in illo tempore, que en los días del carnaval
había de haber borrasca en la ciudad entre los malhadados extremeños
y vascongados; y los vicuñas metidos entre ellos, apoyando
los derechos de una de las partes como si fuesen terceristas
coadyuvantes o haciéndolo contra los dos reunidos o separados,
como si fuesen excluyentes. ¡Bonita debió ser la pantomima!

Pocos meses antes del carnaval, los criollos tuvieron un encuentro
con los extremeños, que salieron bastante averiados de la
contienda; de cuyas resultas, se hicieron amigos y aliados con los
vascongados para tomar la revancha y no dejar en Potosí ni pelo de
criollos.Quedó convenida la venganza y señalada su ejecución para
el carnaval de ese año, que era la ocasión más favorable, como de
costumbre, aprovechando del licor, fermentado con el odio que se
profesaban cordialmente.-Lo que no haga el licor, nadie lo hace; por
que él vuelve a los mortales más valientes que Bayardo, más ricos
que Monte-Cristo, más hermosos que Narciso, más nobles que los
Borbones, más filósofos que Pitágoras, más políticos que
Maquiavelo, más elocuentes que Mirabeau; y más encumbrados y
excelsos que todos los hombres de la tierra.Suele acontecer que el
resultado positivo que se obtiene cuando se toma en dósis mayores
tan sabroso brebaje, es que en vez de recogerse a sus palacios,
rodeados de su servidumbre, equivocan el camino y tambaleándose,
rodeados de jendarmes, van a parar a la Policía y pasan la noche en
un calabozo, donde duermen su aguardiente.

La Policía debiera ser más circunspecta y rendir pleito homenaje
a tan eximios varones.

IV

Dicho y hecho.
El martes de carnaval, un grupo alegre de criollos marchaba por
la calle del Rastro, al son de sus guitarras y bandurrias, tocando el
carnaval y cantando.

De improviso, se vieron asaltados y encerrados por otro grupo
más numeroso, que salió de la calle de Occopampa y de las
callejuelas inmediatas, donde habían estado al acecho.

Los criollos quisieron resistir, pero eran pocos y además los instrumentos
de música no eran adecuados para la pelea; y huyeron
como unas vicuñas por la calle del Panteón.

Al cruzar por Jerusalén, hallaron la puerta abierta y se metieron
allí.-Los aliados, entraron tras ellos.

Allí, en una mesa, sobre sus andas, estaba la Virgen de Candelaria,
cuya festividad hacía pocos días que había pasado.-Los
fugitivos se abrazaron de la Imagen, pidiéndola socorro en tan
angustiosa situación.-La echaron sobre sus hombros; y abriéndose
paso por entre sus implacables perseguidores, que no se atrevieron
a profanar el lugar sagrado ni atacar a los criollos que llevaban la
imagen, salieron todos a la calle,-en improvisada procesión y bajaron
hácia la anchurosa esplanada del Pampon.

Los criollos no soltaban a la Imagen; porque a pocas varas, les
seguían los enemigos, cuyo número aumentaba rápidamente,
esperando a que soltasen la Virgen para caerles.
Aquello era una verdadera procesión, a campo abierto, con escolta
armada, pero sin arcos, ni altares, ni curas ni sacristanes,
prolongándose hasta que cerró la noche, después de haber
caminado a la ventura.

Cansados al fin los extremeños y vascongados, se dispersaron
no muy lejos, esperando la vuelta de los criollos, pero éstos no se
dieron por entendidos y siguieron su camino, con la Imagen, por
entre enriscados peñascos a profundas quebradas, hasta llegar a un
sitio seguro, donde ocultaron su precioso tesoro, en una concavidad
aparente; y la conservaron allí por mucho tiempo, expatriada de su
Iglesia y sufriendo tal vez mil privaciones.

No se sabe cómo ni cuando la restituyeron a Jerusalén; pero lo
cierto es que desde entonces fue tenida por decidida protectora de
los hijos del país; y por ende, metida en sus querellas y encubridora
de sus faltas,

Rasgo de profundo respeto religioso fué el de los consabidos españoles,
hidalgos y caballerosos como valientes;-por cuyas venas
corría la sangre de los compañeros de Don Pelayo que algunos
siglos atrás, se refugiaron entre las ásperas comarcas de Asturias,
en la cueva de la Covadonga, llevando consigo la protectora Imagen
de Santa María.

(“VIRGEN DE LA CANDELARIA”. NUESTRA SEÑORA DE JERUSALÉM. Véronique Dirruty. Potosí.)

V

Cada año, el martes de carnaval, a medio día, sale de Jerusalén,
en procesión, la Vírgen de Candelaria y recorre las principales calles
de la ciudad.

A su paso, se suspende el juego; los combatientes con huevos,
polvos y pomos, celebran un armisticio, mientras se aleja la
procesión, para volver a la carga y encaramarse a los balcones,
sufriendo con imperturbable serenidad la metralla y el diluvio de agua
que les arrojan las esquivas beldades que atormentan de enero a
enero sus rendidos corazones.

Los beatones que aciertan a topar con la procesión se descubren
respetuosamente; y si están borrachos, se callan o se meten a
alguna parte.-Y hasta los jinetes, echan pie a tierra o se van por otra
calle.

Sólo si que en lugar de los vascongados y extremeños y criollos,
son puro indios los que acompañan la procesión.

La mujer del que pasa la fiesta, lleva el guión, guarnecido de joyas
de toda forma y valor; sosteniendo las esquinas, dos ángeles, no
de los del cielo, sino dos muchachos disfrazados de tales, que para
más señas no se lavan siquiera la cara y llevan un calzado, por
donde asoman, curiosos los pies,

Ese día es el mas grande que tienen en su vida los exheredados
hijos de Manco-Capac; porque, para ellos, la suprema ambicion se
reduce a tres cosas: ser curaca, pasar una fiesta y llevar el guión-
Más allá ya no hay nada.

Non plus ultra.
Y claro está; desde que no pueden ser diputados, ni ministros, ni
siquiera munícipes!!

Concluida la procesión, les aguarda a los convidados, en la casa
del que pasa la fiesta, un abundante refrijerio, que se prolonga varios
días; y algunas veces concluye en una furibunda reyerta, donde
menudean las trompadas y los botellazos.

Quedan invitados los lectores.

(“NUESTRA SEÑORA DE JERUSALÉM. Potosí. 1955)


Tomado de: "CRONICAS POTOSINAS. NOTAS HISTORICAS, ESTADISTICAS, BIOGRAFICAS y POLÍTICAS. Tomo III. Modesto Omiste. El Tiempo. Potosí. 1898

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